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Notas de Prensa


Tiempo de vendimia en el Duero portugués
Un recorrido por los paisajes del norte de Portugal en la mejor época del año: Oporto, Braga…pero vistas desde el secular y altanero Río Duero.

portugal.JPG La esencia y la armonía de Oporto se entiende desde la orilla de Gaia. Desde allí se descubren sus casas amontonadas, sus fachadas barrocas, sus paredes desconchadas, sus ropas tendidas al sol que han contribuido, sin duda, a que todo el conjunto sea declarado Patrimonio de la Humanidad. Y desde la orilla de Oporto se tiene la mejor imagen de los puentes de hierro, obras maestras de Eiffel y sus discípulos, que unen, a pesar de todo, las dos orillas, y se aprecia la sucesión de marcas de vinos -Sandeman, Calem, Ferreira...- que han paseado el nombre de la ciudad por todo el mundo.

Por eso, nada como una travesía por el Duero partiendo de Oporto para descubrir la realidad de esta ciudad y de este otro pedazo de Portugal que conecta con España y extasiarse ante la suave cadencia de escenas que circulan ante los ojos. En el centro histórico de la ciudad, los rabelos, réplicas de las antiguas embarcaciones que realizaban el transporte de mercancías por el Duero, se acercan a la desembocadura del río y a su manso abrazo con el Atlántico y luego remontan la corriente. A su paso, cien metros más arriba, se descubren los puentes de hierro de Maria Pia y de Dom Luis I, que construyeron Gustavo Eiffel y su aventajado discípulo, Teófilo Seyrig, declarados monumentos nacionales y sin más finalidad actual que la estética, o el impresionante puente de la Arrábida, de Edgar Cardoso que, con un vano de 270 metros, fue durante algún tiempo record mundial de puentes con arco de hormigón armado.

Situada junto al río, la Ribeira era en el siglo XV un puerto muy animado, en el que atracaban centenares de naves y carabelas que llevaban a Francia, Inglaterra y Flandes los productos de la tierra, entre ellos los vinos del Alto Duero. Hoy conserva un aire melancólico con multitud de restaurantes y terrazas frecuentadas por los no muy numerosos turistas que visitan la segunda ciudad más importante de Portugal -y la que le dio nombre: Porto Cale o Portus Calle como la llamaron los romanos- y que antes de venir aquí se sienten atraídos por la siempre poética Lisboa, la elegancia de Estoril, las soleadas playas del sur en el Algarve, o la piadosa visita a Fátima.

Mientras los dorados tonos de las casas, que dieron nombre al Douro, se reflejan en sus aguas, en el cielo se destacan las pesadas torres de la catedral fortaleza, símbolo del poder de los obispos al que se oponían los portuenses. De la silueta de la ciudad sobresale la alta Torre de los Clérigos, de atrevida belleza y de un barroco muy singular. En esta ciudad en la que conviven en rara armonía el románico, el gótico, el barroco, el neoclásico, la llamada arquitectura del hierro, y el atrevido cariz contemporáneo de la Escuela de Arquitectura de Oporto, presidido por Alvaro Siza, no es fácil encontrar elementos suntuosos, palacios o grandes residencias. La propia ciudad mantuvo a distancia a la nobleza, ya desde la Edad Media, que tenía prohibido vivir allí.

Vale la pena dedicar un cierto tiempo a pasear por su zona portuaria, donde perduran las típicas casas de estilo luso, de arquitectura estrecha y alargada. Unos edificios con carácter propio, muchos humildes y decadentes, en los que destaca su revestimiento con azulejos de estridentes colores y balcones con barandillas forjadas, en las que se cuelga la ropa a secar. Estos viejos muelles fluviales, ubicados en este barrio del Barredo, o Cais da Ribeira, nos transportan al auténtico sabor de otros tiempos. El antiguo barrio, a pesar de conservar su vieja estampa, se ha ido adaptando al atractivo turístico que despierta. Las viejas dependencias portuarias se han transformado en tascas y tabernas con encanto, donde poder tomar un tentempié y, naturalmente, saborear un vinho de Porto.

Más de 167 kilómetros de tierras portuguesas cultivan más de cien variedades de uva, entre ellas la gloriosa touriga nacional y la tinta roriz, la misma que en España se llama tempranillo o tinta fina en la Ribera del Duero español. Es la denominación más antigua del mundo, la instituyó el gran Pombal en 1756. Hasta hace menos de veinte años, esas viñas tan delicadamente cuidadas se dedicaban casi en exclusiva a los prestigiosos vinos porto o de Oporto, aquellos a los que se frena la maceración y se enriquece con aguardiente (con brandy en tiempos pasados), con lo que resultan más dulces y con superior grado alcohólico.

Pero más tarde, desaparecidas las antiguas normas, se empezaron a elaborar vinos tintos de mesa que están hoy a la cabeza de los grandes caldos europeos. Hermanos de los de la ribera española del Duero, los de Toro y los de la vecina Fermoselle, recién recuperados: una larga letanía de placenteras glorias. Desde que en 1960 se realizara el último transporte de barricas por el río -dominados los antiguos rápidos por presas y esclusas-, el vino no suele ya reposar en la ciudad de Oporto, mejor dicho, en la ciudad de la ribera izquierda, Vila Nova de Gaia; se despacha directamente desde un enjambre de quintas (fincas con casa y bodegas) que puntean el paisaje.

Una red de antiguas familias, muchas emparentadas entre sí, mantiene vivo y brillante ese mundo orgulloso, tradicional y gentil. Palacetes con muros ocres, grandes estancias llenas de muebles clásicos, hermosas capillas o ermitas campestres se enhebran mediante modestas carreteras y estrechos caminos colgados literalmente de los abismos. Hay quintas con dos siglos y medio de historia y muchas aceptan a los visitantes. En el crucero propuesta por Croisi Europe, y tras pasar por la mayor esclusa de Europa, la de Carrapatelo con 35 metros de desnivel, se puede visitar la finca Solar de Mateus en Vila Real, precioso caserón y magníficos jardines construidos en el siglo XVI, propiedad de una familia de la nobleza portuguesa.

En las márgenes del río se encuentran las poblaciones que históricamente preparaban los rabelos, como Pinhão, un pueblo tranquilo que florece en otoño, con la llegada de recolectores de uva de todo el país. Históricamente, desde Pinhão se transportaba el vino en barco o en tren. En su estación ferroviaria, una serie de azulejos recuerda los viejos y muy duros trabajos de la vid en los que mujeres, niños y hombres compartían esfuerzos.

Aunque los viñedos son los protagonistas, también vale la pena apreciar el otro paisaje interminable de castaños, olivos, eucaliptos, aguas claras de riachuelos, aldeas tranquilas, gente laboriosa y sosegada y, a veces, la aparición de construcciones (iglesias o palacetes) con estilo renacentista o barroco que testimonian épocas de gloria del pasado portugués.

El norte de Portugal es una región cargada de historia, monumentos, paisajes y culturas que dieron origen al país. Zona de montañas, cubierta de frondosa vegetación, ríos y parques naturales. De camino hacia Braga, hay que hacer una escala en el Santuario de Bom Jesús. Lo mejor es salvar los 300 metros de desnivel utilizando el ingenioso funicular que funciona con agua y que fue el primero en instalarse en Portugal en 1882. Otra opción -mejor hacerlo de bajada- es la escalinata que lleva a lo alto y está formada por 17 rellanos decorados con fuentes simbólicas, estatuas alegóricas y otra decoración barroca dedicada a diversas temáticas: la vía Sacra, los Cinco Sentidos, las Virtudes, el Terreiro de Moisés y, en lo alto, las ocho figuras bíblicas que participaron en la Condenación de Jesús. No hay que perderse la perspectiva al fondo de la Escalinata. Mirando hacia arriba, las fuentes trabajadas en granito en los diversos rellanos se destacan del blanco formando un cáliz, sobre el cual se ubica la iglesia propiamente dicha.

Todo el que se precie, debe entrar en Braga como un ciudadano del Renacimiento, por el Arco de la Puerta Nueva, donde se hacía la entrega de las llaves de la ciudad. Esta llave simbólica abre las puertas de una ciudad milenaria, que guarda en sus monumentos el brillo del poder que ostentaban sus obispos. Su catedral, la más antigua del país, fue la mayor referencia religiosa de Portugal. El dicho popular portugués “más viejo que la Catedral de Braga“ se refiere a algo con muchos años y es ilustrativo de su antigüedad.

Su poder eclesiástico, tantas veces asociado en tiempos medievales al poder de la espada, se extendió por los reinos de España y Portugal. De todas estas épocas, la ciudad guarda recuerdos inesperados, grandes y pequeños, como una torre medieval en plena calle, ventanas y celosías que encubrían rostros de mujeres o un palacio “rocaille“ que recuerda a una cómoda estilo Luis XV. Ya en tiempos más recientes, la fundación de la Universidad y la calidad de su arquitectura contemporánea dieron un impulso de juventud que la llenó de luz, color y de una imprevista modernidad. El final del camino lleva, curiosamente, a donde todo empezó. Guimarães tiene un significado muy especial en el corazón de los portugueses. Dentro del castillo medieval fue donde nació Afonso Henriques y en sus altas torres y murallas venció a los ejércitos de su madre, en 1128. Reconocido como heredero del Condado Portucalense por los guerreros del Miño, este Príncipe que, según dicen las crónicas, era muy atractivo, llegó a ser el primer rey de Portugal.

Después de saber esta historia, resulta aún más interesante pasear por el centro histórico de la ciudad, recogida en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y que en 2012 será Capital Europea de la Cultura.

GUIA PRÁCTICA
Open Comunicación recomienda que la forma más cómoda, y más barata, de llegar desde España a Oporto, según el buscador de vuelos Skyscanner (www.skyscanner.es) es utilizando los vuelos de la compañía de bajo coste Ryanair (http://www.ryanair.com) que enlazan Madrid, Barcelona, Valencia, Las Palmas y Tenerife con la ciudad. Precios a partir de unos 30 euros por trayecto.
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