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Notas de Prensa


Rumania, tierra legendaria y europea
La Oficina de Turismo de Rumania está promocionando sus recursos turísticos en distintas ciudades de España. El objetivo es mostrar que, este todavía desconocido país, tiene mucho que ofrecer a los viajeros.
En el extremo oriental de Europa, entre el Mar Negro y los Cárpatos se esconde el último tesoro de Europa. Un país virgen al turismo, donde todo permanece en estado puro. Rumania tiene ciudades medievales ancladas en el pasado, monasterios ortodoxos plagados de arte, paisajes deslumbrantes y gentes acogedoras que reciben al viajero con los brazos abiertos.

Rumania ha ido creciendo una vez más en torno al mito de Drácula y las rutas que se ofrecen al visitante pretenden seguir sus huellas. Curiosamente, este personaje parece causar morbo entre los viajeros que acuden a estas tierras. Sin embargo, el Drácula de Rumania nada o poco tiene que ver con las exuberantes producciones norteamericanas y el príncipe Vlad Tepes, al que se conocía como Vlad Draculea (hijo de Dracul, el apodo de su padre en la orden del Dragón) sí es real y habitó estas tierras, pero la mayoría de los lugares relacionados con su vida son supuestos: donde nació, los castillos que habitó, su tumba...

A pesar del 'tirón' turístico que la figura de Drácula puede ofrecer, los rumanos apenas han explotado el filón, en parte porque sus esquemas turísticos son bastante rudimentarios. A muchos de ellos incluso les ofende un poco esa popularidad. El Drácula literario y cinéfilo es casi ignorado, porque Ceaucescu prohibió la traducción al rumano de la novela (la más leída en Gran Bretaña tras Shakespeare y la Biblia) y la proyección de sus películas (más de 200) y sólo después de 1990 empezó a ser conocido, pero todavía no ha despertado un gran interés; y el Drácula real, al que se llamaba por el apelativo de 'el Empalador' por el método que solía emplear para torturar y matar a sus muchos enemigos y buena parte de sus amigos, fue un personaje muy controvertido, entre héroe nacional y sanguinario sátrapa, cuya vida está envuelta en el misterio.

En un viaje por Rumania no es raro escuchar quejarse porque no se le ha dedicado una calle en Bucarest, o porque su retrato no figura en la galería de héroes rumanos, o a otros que añoran la tranquilidad y prosperidad que el príncipe Vlad consiguió durante su mandato. Hay alguno incluso que incluye en el amplio santoral rumano a 'san' Drácula.

Tratar de seguir las huellas al personaje real o al literario es una excelente excusa para conocer Rumania, un país bello y fascinante, uno de los últimos tesoros por descubrir en la trillada Europa.
Intentar perseguir a Drácula nos llevará a ciudades medievales de singular encanto. Rumania es todavía un país nuevo para el turismo, sin grandes autocares llenos de japoneses, sin tiendas y puestos de souvenirs artificiales, sin precios abusivos, sin picaresca. Un país íntegro, que trata de engancharse al tren de la modernidad, a la globalización y todo eso, pero sin prisas, y sin perder sus esencias. Al recorrer el país, el turista se convierte en viajero.

Atravesar Rumania contemplando sus ciudades y pueblos es hacer un viaje a la Edad Media; viajar por Rumania mirando a sus gentes y a su vida, es remontarme a la España, o la Italia, o la Francia de los años 60. Con todo lo bueno y lo malo que ello supone. Por eso, una de las primeras medidas al iniciar el recorrido es tomarlo con calma.

Las carreteras que comunican este extenso país son estrechas, mal señalizadas y llenas de pasos a nivel de tren que con demasiada frecuencia están cerrados. Además, aunque no hay mucha circulación, puede coincidir en el camino una combinación de camiones, tartanas de zíngaros (se calcula que hay más de dos millones en todo el país) y carros tirados por caballos, que eternicen el viaje. Por eso, una buena solución es concentrarse en el paisaje, que es precioso.

Casi todos los recorridos por Rumania parten de Bucarest ya que lo lógico es llegar hasta la capital en avión y luego seguir por carretera. Pero no hay que dedicarle mucho tiempo porque hay mucho más que ver.

La esencia de Rumania se descubre en Transilvania, un nombre evocador y un verdadero caleidoscopio de razas y pueblos, tal vez el último de la Europa del Este. Aquí viven los rumanos que presumen de su ascendencia dacia y latina, los húngaros que se asentaron en el siglo IX cuando la tierra era de nadie, los alemanes que permanecieron hasta la caída de Ceaucescu gracias a un canon que su Gobierno pagaba al dictador, los gitanos, algunos de los cuáles ocupan las casas abandonadas por los germanos, aunque la mayoría sigue fiel a sus viejos carromatos.

Penetrar en Sibiu, puerta de entrada a Transilvania y Capital Europea de la Cultura en 2007, es meterse de lleno en la Edad Media, con sus casas de fachadas en colores pastel, las banderolas de hierro que anuncian comercios y artesanos, las escaleras que comunican la parte alta y la baja, las pequeñas placitas, los patios interiores... y los tejados que te miran.

También abundan las iglesias --evangélicas, católicas, ortodoxas--, que alzan sus torres sobre los preciosos tejados de Sibiu. En la catedral ortodoxa está enterrado el hijo natural de Vlad Tepes, llamado el Malo. Se ve que no conocían bien al padre. Tras abandonar Sibiu y de camino hacia la etapa reina del recorrido, se pasa por Biertan donde se alza una más de las numerosas iglesias fortificadas --o fortalezas con iglesia-- que aparecen esparcidas por Transilvania y Moldavia. Y por fin, un poco más adelante, aparece Sighisoara, una deliciosa ciudad medieval, burgo sajón, Patrimonio de la Humanidad, antigua parada obligada del Orient Express y con la única ciudadela intacta que sigue estando habitada.

Quien quiera seguir las huellas de Drácula debe iniciar el regreso hacia el sur. Hacia el castillo de Bran, el más draculiano de todos los castillos, con sus empinadas torres góticas, sus retorcidas escaleras, sus siniestros patios y fosos. Pero sería una pena. En el norte del país se encuentra la región de Bucovina donde se agolpan más de una veintena de pequeños monasterios, algunos de ellos construidos en apenas tres meses, deliciosamente decorados y pintados por artistas anónimos que trataban de ese modo de transmitir la historia de la religión y sus creencias a los fieles analfabetos, pero que sabían interpretar el arte.

Todo el conjunto de monasterios está reconocido como Patrimonio de la Humanidad y sin duda es una de las joyas culturales y artísticas de Europa. Alguien definió una sola de sus pinturas --la que representa el Juicio Final en el monasterio de Voronet--, como la 'Capilla Sixtina de Oriente'. Es imprescindible visitar, además, los monasterios de Sucevita, Moldovita y Voronet, pero hay muchos más: Putna, Arbore, Humor, Slatina, Rasca, Probota, Dragomirna, Baia... un recorrido por el espíritu humano con un misterioso atractivo. Un camino que, incluso sin ninguna devoción ni prejuicio religioso, conmueve el alma.

Más info:
OFICINA DE TURISMO DE RUMANIA
www.rumaniatour.com
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